José F. Petrizzo M.
MSc. Filosofía y Teoría de la Sociedad. MSc Psicología Organizacional
Ninguna persona es mejor ni peor que otra. Ni tampoco igual a otra. Lo que nos hace humanos es que cada uno de nosotros es único. Cualquier talento no es sino la capacidad de adaptación al entorno, es decir de tener inteligencia.
Y ahí no acaba nuestra diversidad: cada cultura y cada persona entiende esa y todas las teorías a su manera. Manera, además, que varía con la edad: cuanto más envejecemos, más difícil nos resulta adaptarnos a la vida, a las nuevas ideas y menos adaptarlas cómodamente a nuestro modo de vivir sin variarlo.
7 tipos de inteligencia
Recientes estudios de la neurociencia indican que hay siete tipos de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, musical, espacial, cinético-corporal, interpersonal e intrapersonal. Con subgéneros de inteligencia naturalista, pedagógica y existencial. Y todas plantean preguntas trascendentes.
Eso sí, más allá de las diferentes inteligencias existentes, las mejores personas y profesionales son siempre: excelentes, comprometidos y éticos. Nuestros objetivos, en cualquier ámbito, deben ir más allá de nuestras necesidades para servir las de todos, y eso exige ética.
Si no nos comprometemos con objetivos que van más allá de satisfacer nuestro ego, ambición o avaricia, no alcanzaremos la excelencia.
¿Por que hay personas que se consideran triunfadoras y geniales en la política, las finanzas, la ciencia, la medicina u otros campos hacen cosas malas, y a menudo, ni siquiera buenas para ellas mismas? Porque carecen de la ética de la inteligencia.
Por ello, las malas personas no puedan ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, no obstante, no son excelentes. Sin duda, sin principios éticos podemos llegar a ser ricos, o técnicamente buenos….nunca excelentes.
En la sociedad contemporánea los jóvenes aceptan la necesidad de la ética, aunque no cuando inician la carrera, porque creen que sin la competencia desleal no triunfarán. Ven la ética como el lujo de quienes ya han logrado el éxito.
Otra mirada estrecha lleva a los estudiantes y a los profesionales que son cómodos a ser lo que se considera conductas inerciales, es decir, a dejarse llevar por la inercia social e ir a la universidad, porque es lo que toca tras la secundaria; y a trabajar, porque es lo que toca tras la universidad, sin darlo todo jamás.
Otros son de conductas transaccionales: en clase cumplen lo mínimo y sólo estudian por el título; y después en su trabajo cumplen lo justo por el sueldo, sin interesarse de verdad, limitando su interés y dedicación y por ello son mediocres en todo.
Lamentablemente no todos descubren lo que realmente les interesa, y eso es uno de los motivos de las grandes crisis de la madurez en la actualidad, cuando se dan cuenta de que no hay una segunda oportunidad….Sin ilusión, la vida se queda en obligación.
Otra causa mayor es la falta de estudios o conocimientos humanísticos: filosofía, literatura, historia del pensamiento. Puedes vivir sin filosofía…. ¡Sí! aunque peor. Estudios en el MIT han demostrado que los profesionales que no han estudiado humanidades, cuando llegan a los 40 y 50 años, son más propensos a sufrir crisis y depresiones.
Ello se debe a que los estudios de ingenierías y tecnológicos acaban dando una sensación de control sobre la vida, que en el fondo es irreal, pues sólo se concentra en lo que tiene solución y en las preguntas con respuesta, y durante años se hallan.
Sin
embargo, cuando con la madurez descubres que en realidad es imposible controlarlo
todo, se produce una alarmante desorientación.
Cada sociedad y persona entiende lo que quiere entender. Cuanto mayores nos hacemos, más difícil es adaptar nuestra vida a un descubrimiento y se nos hace más fácil adaptar el descubrimiento a lo que ya creíamos que era la vida.
Por eso, hay que estudiar continuamente para
desaprender de uno mismo y aprender a adaptarse al actual modo existencial.

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