José F. Petrizzo M.
MSc. Filosofía y Teoría de la Sociedad. MSc
Psicología Organizacional
Toda interpretación del mundo está poblada de prejuicios
existenciales (sociales, culturales, religiosos, históricos y lingüísticos). No
es posible iniciar una reflexión acerca del mundo o una región desde un
supuesto punto cero en el eje de coordenadas cognitivo, ya que no hay
interpretación que no esté guiada por una comprensión.
Sin embargo, el problema no es tanto la existencia o no de
comprender, como el hecho de hacerlas explícitas y ser conscientes de cuales
están determinando la interpretación y cuales deben quedar fuera. Los
prejuicios y presupuestos pueden colaborar en el desarrollo de una determinada
interpretación acerca de lo que se pretende comprender, aunque también velar o
sesgar el enfoque de tal forma que impida una interpretación funcional.
Ante el
establecimiento y empoderamiento de la cultura, ninguna sociedad puede
establecerse como superior, o con derechos sobre otra, sino que se equiparan
como modelos distintos ante la ejecución de una misma acción.
¡Existir! Esto viene a lugar ante el contraste
entre la retórica occidental sobre estándares universales y su indignación
selectiva resulta cada vez más evidente a nivel mundial. Vale la pena destacar
el sombrío contraste entre la defensa apasionada de un país atacado desde
hace cuatro años y la aparente indiferencia ante el genocidio que ocurre desde
hace dos años en otra región o la reciente guerra declarada a otro.
Algunas vidas parecen más importantes que otras.
Cuando cierto estado poderoso ataca, casi todos los aliados a ese estado apoyan
o guardan obsceno silencio. En cada ocasión que ocurre, la creencia en el
derecho internacional como marco esencial para la conducta se ve aún más
debilitada.
En cada ocasión, se otorga una licencia implícita para nuevas
violaciones.
El hecho de que ciertos países estén cometiendo
crímenes no disminuye la culpabilidad y responsabilidad de los que masacran indiscriminadamente
a esos países basados en sus prejuicios o intereses específicos.
El propósito del derecho internacional no es
determinar quién es moralmente bueno, sino mantener el orden en un mundo donde
cada Estado cree estar librando la “buena” batalla. No debería cuestionarse
únicamente por razones pragmáticas o incluso éticas.
La dificultad de defender el derecho internacional y los
límites de su alcance no justifican su abandono. Si quienes lamentan el declive
del orden basado en normas y siguen siendo cómplices de la erosión del derecho,
todos estamos en peligro permanente.
Eso sí, la libertad está conectada a la responsabilidad
moral y nos es revelada cuando tomamos decisiones morales. Y esa capacidad es
la que nos proporciona dignidad.
Antiguamente, los líderes políticos tenían que justificar
sus decisiones con base en principios morales, pero ahora los líderes de los
estados poderosos no necesitan una
justificación moral, se limitan a apelar a la fuerza, a decir que yo soy el que
tengo las mejores armas y voy a bombardear a todo el mundo; por eso estamos en
una transición hacia el neofascismo, populismo o como se le quiera denominar.
Vivimos la era de la sinrazón, una época de crisis
profunda, una sociedad que pareciera colapsar, aunque en realidad es la entrada
en una nueva fase, de una oligarquía tecnológica y competencia entre diversos
centros políticos conectados a poderosos intereses económicos diferenciados.
Ello tiene mucho que ver con la crisis de los partidos
políticos tradicionales; la gente ya no se siente representada, pues desde hace
30 años se concentraron en un centro que
se distancia de las bases.
La política se ha profesionalizado, con énfasis en
técnicas de mercado, y ello ha erosionado la democracia y fomentado la apatía.
Y las redes sociales lo hacen aún peor. La culpa no es de la tecnología, sino
de quién la usa y cómo la usa.
El problema no radica en que nos hayamos olvidado de lo
que pasó hace cien años, sino que no atribuimos la responsabilidad de lo
ocurrido en términos suficientemente críticos, culpando solo a individuos (los
bien conocidos lideres fascistas del siglo XX) sin entender las fuerzas
sistémicas que estaban detrás, y eso hace que no se vea la manera en que el
pasado puede volver a repetirse porque lo hemos analizado mal.
Ahora vemos el surgir de una nueva forma de fascismo
porque existen de nuevo las condiciones para que lo haya (aumento del
nacionalismo, lógica etnocéntrica, competición entre estados, crisis económica,
proteccionismo).
Para revertir esta tendencia, hace falta un proyecto
intelectual de cambio, de reforma de las instituciones, de relación entre el
Estado y la economía de mercado, que vaya más allá de los ciclos electorales.
Se necesitan reformas, con un retorno a la
socialdemocracia, control social de los mercados, la idea de libertad conectada
a una responsabilidad y de que hemos de recuperar el sentido crítico de la
Ilustración como alternativa al autoritarismo y el dogmatismo.

