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Guatire, Miranda, Venezuela
Periodista graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Experto en Comunicaciones Corporativas y Responsabilidad Social. He desarrollado mi labor en medios impresos, digitales y audiovisuales en Venezuela, Colombia, el Perú, Estados Unidos, España e Israel. Con una extensa red de contactos a nivel oficial y privado, lo que me permite establecer vínculos y relaciones con diversos sectores que hacen vida en el país y el exterior. Dime que quieres y te lo escribo. Papá al 200%

domingo, 22 de marzo de 2026

Una crisis política que le abre las puertas al fascismo

 

 




José F. Petrizzo M.

MSc. Filosofía y Teoría de la Sociedad. MSc Psicología Organizacional

 

Toda interpretación del mundo está poblada de prejuicios existenciales (sociales, culturales, religiosos, históricos y lingüísticos). No es posible iniciar una reflexión acerca del mundo o una región desde un supuesto punto cero en el eje de coordenadas cognitivo, ya que no hay interpretación que no esté guiada por una comprensión.

 

Sin embargo, el problema no es tanto la existencia o no de comprender, como el hecho de hacerlas explícitas y ser conscientes de cuales están determinando la interpretación y cuales deben quedar fuera. Los prejuicios y presupuestos pueden colaborar en el desarrollo de una determinada interpretación acerca de lo que se pretende comprender, aunque también velar o sesgar el enfoque de tal forma que impida una interpretación funcional.

 

Ante el establecimiento y empoderamiento de la cultura, ninguna sociedad puede establecerse como superior, o con derechos sobre otra, sino que se equiparan como modelos distintos ante la ejecución de una misma acción.

 

¡Existir! Esto viene a lugar ante el contraste entre la retórica occidental sobre estándares universales y su indignación selectiva resulta cada vez más evidente a nivel mundial. Vale la pena destacar el sombrío contraste entre la defensa apasionada de un país  atacado desde hace cuatro años y la aparente indiferencia ante el genocidio que ocurre desde hace dos años en otra región o la reciente guerra declarada a otro.


Algunas vidas parecen más importantes que otras. Cuando cierto estado poderoso ataca, casi todos los aliados a ese estado apoyan o guardan obsceno silencio. En cada ocasión que ocurre, la creencia en el derecho internacional como marco esencial para la conducta se ve aún más debilitada.

 

En cada ocasión, se otorga una licencia implícita para nuevas violaciones.
El hecho de que ciertos países estén cometiendo crímenes no disminuye la culpabilidad y responsabilidad de los que masacran indiscriminadamente a esos países basados en  sus prejuicios o intereses específicos.


El propósito del derecho internacional no es determinar quién es moralmente bueno, sino mantener el orden en un mundo donde cada Estado cree estar librando la “buena” batalla. No debería cuestionarse únicamente por razones pragmáticas o incluso éticas.

 

La dificultad de defender el derecho internacional y los límites de su alcance no justifican su abandono. Si quienes lamentan el declive del orden basado en normas y siguen siendo cómplices de la erosión del derecho, todos estamos en peligro permanente.

 

Eso sí, la libertad está conectada a la responsabilidad moral y nos es revelada cuando tomamos decisiones morales. Y esa capacidad es la que nos proporciona dignidad.

 

Antiguamente, los líderes políticos tenían que justificar sus decisiones con base en principios morales, pero ahora los líderes de los estados poderosos  no necesitan una justificación moral, se limitan a apelar a la fuerza, a decir que yo soy el que tengo las mejores armas y voy a bombardear a todo el mundo; por eso estamos en una transición hacia el neofascismo, populismo o como se le quiera denominar.

 

Vivimos la era de la sinrazón, una época de crisis profunda, una sociedad que pareciera colapsar, aunque en realidad es la entrada en una nueva fase, de una oligarquía tecnológica y competencia entre diversos centros políticos conectados a poderosos intereses económicos diferenciados.

 

Ello tiene mucho que ver con la crisis de los partidos políticos tradicionales; la gente ya no se siente representada, pues desde hace 30 años se concentraron en un  centro que se distancia de las bases.

 

La política se ha profesionalizado, con énfasis en técnicas de mercado, y ello ha erosionado la democracia y fomentado la apatía. Y las redes sociales lo hacen aún peor. La culpa no es de la tecnología, sino de quién la usa y cómo la usa.

 

El problema no radica en que nos hayamos olvidado de lo que pasó hace cien años, sino que no atribuimos la responsabilidad de lo ocurrido en términos suficientemente críticos, culpando solo a individuos (los bien conocidos lideres fascistas del siglo XX) sin entender las fuerzas sistémicas que estaban detrás, y eso hace que no se vea la manera en que el pasado puede volver a repetirse porque lo hemos analizado mal.

 

Ahora vemos el surgir de una nueva forma de fascismo porque existen de nuevo las condiciones para que lo haya (aumento del nacionalismo, lógica etnocéntrica, competición entre estados, crisis económica, proteccionismo).

 

Para revertir esta tendencia, hace falta un proyecto intelectual de cambio, de reforma de las instituciones, de relación entre el Estado y la economía de mercado, que vaya más allá de los ciclos electorales.

 

Se necesitan reformas, con un retorno a la socialdemocracia, control social de los mercados, la idea de libertad conectada a una responsabilidad y de que hemos de recuperar el sentido crítico de la Ilustración como alternativa al autoritarismo y el dogmatismo.

 

 

Una crisis política que le abre las puertas al fascismo

    José F. Petrizzo M. MSc. Filosofía y Teoría de la Sociedad. MSc Psicología Organizacional   Toda interpretación del mundo está...